Severas críticas contra la bioserie de Timbiriche por su narrativa sobre Luis de Llano y Sasha Sökol, además de graves errores de producción y anacronismos.
Molestia e inconformidad! Los primeros capítulos de la serie Timbiriche se quedaron lejos de su objetivo. Para los fans es manera peculiar y grotesca de patear la historia con dos míseros capítulos que huelen a humedad, a bajo presupuesto y a una olímpica falta de respeto. Uno se sienta frente a la pantalla esperando un gramo de nostalgia ochentera y lo que recibe es una bofetada en forma de la más burda revictimización.
¡Bravo a los genios detrás de este churro! Lograron lo imposible: voltear las agujas del tiempo para convertir a Sasha Sökol en la «villana coqueta», en la provocadora implacable que al parecer traía azorado al pobre, indefenso y santo varón de Luis de Llano.
Una narrativa tan tendenciosa que resulta difícil de creer; una escena en la cama tan burda como innecesaria donde pretenden justificar lo injustificable bajo miradas lascivas y una dirección que deja mucho que desear. ¿A quién diablos quisieron engañar? Presentar a una menor como la seductora culpable es de una ligereza moral inigualable.
Pero si el guion es un desafío a la inteligencia, el elenco y la producción parecen sacados de una pastorela escolar patrocinada por la más estricta austeridad. Los niños parecen salidos de una copia pirata de Parchís, con edades totalmente disparatadas, estaturas que no embonan ni con calculadora y cero química entre ellos.
De los inicios de la banda, mejor ni hablamos porque no mostraron casi nada! De repente y en minutos, se los brincan olímpicamente de la manera más perezosa: en una escena son niños y en la otra ya están en la obra vaselina. De la misma manera, de la nada, sin contexto ni transición, aparece Erik Rubín integrado al grupo como si hubiera estado ahí desde el kínder.
La ambientación es una maravilla involuntaria. En plena toma de ubicación o dizque ambientación de los años ochenta, te clavan los edificios modernos de San Ángel y Santa Fe, como si en el 82 la gente caminara plácidamente entre corporativos futuristas. El reparto juvenil es de antología; nadie se parece a nadie, ni de niños ni de jóvenes hay la menor decencia fisonómica. De pronto aparece Eduardo Capetillo colgado como novio de Mariana Garza por arte de magia, sin que uno tenga la menor idea de quiénes son los integrantes en pantalla porque la dirección de actores brilla por su ausencia.
Pésima dirección y edición
Y claro, como la producción no tenía gran presupuesto, abusan de las tomas cerradas hasta el hartazgo: caras cortadas y close-ups desesperados para ocultar la nula escenografía y el vestuario de tianguis. Pero lo que ya raya en el delirio es el multiverso lingüístico de los diálogos. Los personajes de los años ochenta hablando como si estuvieran en una reunión casual de este siglo, soltando expresiones contemporáneas o llamándose de formas que nadie utilizaba en México en 1982 como “wey”, “no mames” “ sin pedo” y “vayan a rompera. Esto Demuestra la ligereza mental de unos escritores que ni se dignaron a consultar cómo se hablaba en aquella época.
Aquí el grupo, la música, los discos de oro y el fenómeno generacional importan poco menos que nada. El verdadero protagonista indiscutible es Luis de Llano, al que pintan como la trágica, mansa y acosada víctima de una juventud desenfrenada. Esta producción no es más que un proyecto hecho al vapor para justificar lo injustificable. Los verdaderos Timbiriches merecen una serie de altura, una realización digna, valiente y hablada desde la verdad, contada por ellos mismos, donde se honre el esfuerzo de su infancia y se limpie de una vez por todas la memoria de quienes formaron parte de esa historia.