Descubre cómo marcas como Pepsi, Danone y McDonald’s adaptaron sus nombres y campañas publicitarias a la forma en que los clientes las pronuncian.

¿Alguna vez te has preguntado por qué pasamos años en la escuela aprendiendo idiomas si al final vamos a bautizar a las marcas como se nos dé la regalada gana? El mundo del marketing está lleno de directores creativos que pasan noches en vela diseñando el nombre perfecto, con la fonética ideal, para que luego llegue Juan de la esquina y destruya su obra de arte en un segundo. Pero lo mejor de todo es que las marcas, en lugar de llorar, decidieron que si no puedes contra el enemigo, te unas a él y le cobres por ello.
El rey indiscutible de esto en México fue Pepsi, que al darse cuenta de que un tercio del país pedía una «Pecsi» con sus tacos, en lugar de mandar a todos a clases de dicción, prefirió contratar a Cuauhtémoc Blanco y lanzar una campaña millonaria aceptando que sí, somos el país de la «Pecsi» y a mucha honra.

Pero este fenómeno de la dislexia corporativa es mundial. En Estados Unidos, la marca de yogur Danone se dio cuenta de que los estadounidenses leían su nombre como «Dan-one», lo cual sonaba a superhéroe retirado, así que tiraron la toalla y cambiaron legalmente el nombre a Dannon, con doble ene, para que por favor lo pronunciaran bien. Algo parecido le pasó a una crema irlandesa llamada Soothing Cream; la gente de Dublín la pronunciaba tan raro por su acento que el dueño dijo «ya fue» y la renombró oficialmente como Sudocrem.
Luego están los que se rinden ante los apodos, como McDonald’s en Australia, donde la gente se rehusaba a decir el nombre completo y los llamaba «Macca’s». ¿Qué hizo la empresa? Cambió los letreros de sus sucursales por el apodo. O los amigos de Hyundai, que se cansaron de que los gringos dijeran «Hi-un-dai» y armaron comerciales gritando que se dice «Hun-day», rimando con Sunday.

Y claro, no podemos olvidar el clásico error de traducción que casi provoca un infarto a los ejecutivos de Mitsubishi. Resulta que lanzaron su camioneta «Pajero» en Japón muy felices, hasta que cruzó el océano hacia Latinoamérica y descubrieron el significado vulgar de la palabra. Tuvieron que rebautizarla como Montero antes de que la reputación de sus clientes se fuera al piso.
Y hablando de tragedias del lenguaje, ¿qué me dicen de Little Caesars? Todos hemos estado en esa fila del viernes por la tarde, hambrientos, escuchando a alguien pedir con total seguridad una pizza de «Liru Sisa». La marca no ha cambiado su nombre todavía, pero se sabe que en el fondo nos aman porque, aunque arrastremos la lengua para decirlo, seguimos devorando sus pizzas de setenta y nueve pesos. Así que ya lo sabes, la próxima vez que pronuncies mal una marca, no te sientas mal, tal vez estés inspirando la próxima campaña millonaria de la empresa.