Descubre la historia del ectoplasma: un análisis sobre las sesiones de espiritismo victoriano, las explicaciones científicas y los fraudes al descubierto.

Hay cosas que la ciencia prefiere clasificar como mitos para no admitir que ignora la respuesta. A finales del siglo XIX y principios del XX, en las penumbras de las salas de espiritismo, floreció un fenómeno que desafió la lógica de médicos, químicos y parapsicólogos de la época: la manifestación del ectoplasma.
No se trataba de una simple sensación térmica ni de una brisa inexplicable. Los testigos describían una sustancia viscosa, blanquecina, porosa y fría al tacto que emanaba directamente de los cuerpos de los mium de alto trance. Fluía por la boca, la nariz o las orejas como un fluido vivo, densificándose en la oscuridad absoluta de las sesiones. Quienes lograron tocarlo afirmaban que olía a ozono y tejido orgánico en descomposición, y que parecía reaccionar al pensamiento humano, cobrando formas de rostros, manos y extremidades flotantes.

Para los investigadores psíquicos de la era victoriana, el ectoplasma era el «tejido de la otra dimensión»: el puente biológico que utilizaban los espíritus para materializarse brevemente en nuestro plano físico. Una masa sutil entre la energía y la materia, un residuo ectoplásmico que, según las crónicas, se disolvía o volvía a ser absorbido por el cuerpo del médium al menor contacto con la luz blanca, dejando a la persona al borde de un colapso físico o la muerte por shock.

Aunque muchos casos resultaron ser sofisticados fraudes elaborados con gasa, clara de huevo y papel de arroz, hubo avistamientos y fotografías en laboratorios controlados que hasta el día de hoy desconciertan a los historiadores de lo paranormal.
¿Es el ectoplasma simplemente la mayor estafa de la época dorada del espiritismo? ¿O es, tal vez, la prueba fehaciente de que cuando un espíritu intenta tocar la realidad, deja tras de sí una huella física, helada y perturbadora? La respuesta sigue oculta en la penumbra.