Addis Tuñón destapa los secretos de la familia de Maribel Guardia, exponiendo demandas de custodia, problemas de pensión alimenticia y su rol como «pariente de clóset».

Y en esta novela de amigas, parientes y rivales, hoy te traemos el capítulo de la “pariente de closet.. como lo oyes. En el fascinante y siempre transparente mundo de la farándula mexicana, donde los lazos de sangre se miden en contratos de exclusividad y las sonrisas duran lo que tarda en apagarse la luz de la cámara, abrimos una cajita de pandora de la periodista Addis Tuñón que casi nadie leyó.
En una columna de esas que pasan sospechosamente desapercibidas para el gran público, la gran tutriz decidió desempolvar el árbol genealógico y revelar un título que no viene en ninguna enciclopedia familiar: el de ser una digna «pariente de clóset».
Todo se remonta al idílico diciembre de 2017. Imaginen la escena digna de una postal navideña: Addis estaba por primera y única vez en la fastuosa casa de la eterna Maribel Guardia haciendo una bonita nota sobre los Reyes Magos. En un arranque de ternura familiar, Addis cargó al pequeño hijo de Imelda Tuñón y el bebé, conmovido por el espíritu decembrino, se durmió pacíficamente en sus brazos.
Pero en esa casa, la paz según ella dura menos que un tratamiento de colágeno. Addis relata que en cuanto apareció la dueña de la propiedad, la vibra del lugar cambió de forma milagrosa. Con un grito que rompió toda magia celestial, la siempre sonriente Maribel llamó a Imelda solo para preguntarle la hora. Un gesto de calidez hogareña que, por supuesto, al creer que no le gustaba que Imelda se relacionara con ella por ser periodista, Addis entendió perfectamente su lugar en la cadena alimenticia de esa mansión: nada más y nada menos que… el clóset.
Así fue como la periodista aceptó su destino en las sombras, asumiendo que en esa familia era mejor ser un secreto guardado que un invitado incómodo, claro, mejor decir que era pariente de closet a justificar porqué nunca visitó al miño de Imelda. Y así habría seguido, encerrada en el armario del parentesco, si no fuera porque, según ella misma, «el llamado de la selva fue inevitable».

Al parecer, la estrategia de los habitantes de la casa era dejar a Imelda completamente sola. Una apuesta casi perfecta, de no ser por una regla básica de la física del espectáculo: cuando los parientes cercanos se vuelven convenientemente distantes, los distantes —es decir, la prima incómoda que estaba en el clóset— terminan volviéndose peligrosamente cercanos.
Pero el verdadero clímax de esta columna no es el recuerdo del grito por la hora, sino el dardo envenenado que Addis le lanza a la pulcra imagen de Maribel Guardia. Pues la tutriz sin título, dijo que mientras la actriz se rasga las vestiduras públicamente diciendo que le preocupa un «conflicto de intereses» porque Addis es prima de la abuela, la periodista decidió recordarle un par de detallitos legales que a cualquiera se le pasan entre tanto filtro de Instagram.
Con una ironía maravillosa, Addis expone que a Maribel se le olvida un pequeño panorama: ella es la tutora del menor y, casualmente, esposa del albacea. Ese mismo albacea que, extrañamente, jamás gestionó la pensión de alimentos para el niño. Pero la joya de la corona en esta disputa familiar es que mientras nadie movía un dedo por los alimentos del menor, Maribel seguía peleando la custodia con uñas y dientes, llegó al extremo de denunciar penalmente a la madre del niño y, para rematar el cuadro de amor familiar, en su papel de tutora, terminó apareciendo también en los registros como violentadora contra el propio menor. Todo un ejemplo de protección y armonía familiar que, de no ser por una «pariente de clóset» resentida, jamás nos habríamos enterado.

Y para rematar este guion digno de un premio a la mejor actuación dramática, resulta enternecedor ver cómo la gran tutriz ahora sufre de una conveniente amnesia selectiva. Es verdaderamente un misterio de la ciencia médica cómo no sabe explicar el porqué, entre tanta cámara y tanto comunicado, jamás vio las condiciones reales del niño y lo vio una sola vez en su vida.
Pero no se preocupen, que para eso tiene su cajita de culpables de repuesto; un arsenal de chivos expiatorios que saca religiosamente en cada entrevista para apuntar con el dedo a los demás, mientras ella, con una maestría impecable, se lava esas manos que tanto jurann proteger la paz del menor a quien se ha hecho cargo toda la vida.. perdón, desde hace apenas un par de meses.
