El «pagpag» en Manila: La cruda realidad de la pobreza extrema y la comida rescatada de la basura en Filipinas

El «pagpag» en Manila: La cruda realidad de la pobreza extrema y la comida rescatada de la basura en Filipinas

Conoce la historia del «pagpag» en Manila, Filipinas: la práctica de reciclar y guisar comida de la basura para sobrevivir a la pobreza extrema.

La ciudad que come basura. En las entrañas de Manila, capital de Filipinas, existe una realidad cotidiana marcada por el hambre extrema y la supervivencia. En un entorno donde las carencias son la constante, ha surgido una práctica que refleja la cruda brecha de la pobreza: la recolección, venta y consumo de «pagpag», un término local que hace referencia a la comida desperdiciada que es rescatada literalmente de los contenedores de basura.

Todas las noches, recolectores recorren los desechos de grandes cadenas de comida rápida y restaurantes en busca de sobra alimenticia. Con paciencia y desesperación, separan pedazos de carne que aún quedan adheridos a los huesos, restos de piel de pollo empanizado y otros sobrantes mezclados con la basura común. Este material recopilado no se desecha; por el contrario, representa el sustento diario para miles de personas que no cuentan con ningún otro recurso para alimentarse.

Una parte sustancial de esta recolección termina en manos de comerciantes locales como Evelyn, una mujer que compra estos sobrantes para procesarlos y revenderlos a un costo accesible para la comunidad. En su pequeña cocina, Evelyn intenta desinfectar y acondicionar la comida: lava cuidadosamente los restos con agua, los hierve a altas temperaturas y los vuelve a guisar con condimentos e ingredientes básicos para darles sabor y venderlos como platillos preparados.

Sin embargo, ante la urgencia de saciar el hambre, no todos los pobladores esperan este proceso; hay quienes adquieren los restos directamente y los calientan en sartenes sucios y sin desinfección alguna, exponiéndose a graves infecciones e intoxicaciones.

Esta crisis alimentaria se vive con especial dureza en comunidades marginadas como Happyland. A pesar de que su nombre en inglés se traduce como «tierra feliz», en el contexto local la palabra evoca el olor fétido de la basura acumulada. En este asentamiento viven casi un millón de personas en condiciones de marginación extrema, donde las viviendas improvisadas se extienden hasta las banquetas y al borde de transitadas autopistas.

Es un lugar donde no existen servicios básicos, no hay acceso a redes, dinero ni alimento seguro, y donde la lucha por la supervivencia diaria se mide en platos de comida recuperados de la basura.